Estimados
ciudadanos del mundo, si tenéis unos minutos y os aprestáis a escuchar mi
historia puedo prometer que, si bien no dejaré una huella significativa en
vuestras vidas, es probable que os echéis unas risas a costa de lo absurdo o
derraméis alguna lágrima imaginando lo que nos espera.
Veréis… hace ya
unos años caminaba alegremente hacia una de la oficinas de la Caixa Penedés
donde a buen recaudo, al menos eso pensaba, depositaba mis nóminas desde hacía
ya unas cuatro primaveras. Cartilla en mano y sonrisa en el rostro me dispuse a
consultar el saldo de mis ahorros. << ¡Tres euros con ochenta!>>.
No era aquella la suma que yo había ahorrado sino la que reflejaba la cartilla.
Comprobé asustado, gracias a la impresión de los extractos, que alguien había
estado viviendo una gran vida a costa de los escasos trescientos euros a los
que subía el auténtico monto de mi fortuna. Gastos ajenos a mí entre los que se
contaban billetes de tren, compras en oficinas cuya referencia aún desconozco (algunas,
en cambio, son de empresas sonadas), y tantas otras acciones que acabaron por
menguar mis, ya de por sí solos, mermados ahorros. Quien fuera esa persona que
me había robado estaba claro que rentabilizaba el dinero mejor que yo. Si algún
día le encuentro procuraré no asestarle el golpe definitivo hasta sonsacarle
sus conocimientos financieros.
Mi primera
acción fue denunciar el robo ante la entidad financiera que descuidaba mi
dinero. Por si alguno ha olvidado cuál era su nombre, lo repetiré: Caixa
Penedés. ¡Sí! La que tiene por logotipo un racimo de uvas cuyo simbolismo no
entendí hasta el día en que fui a presentar mi denuncia. Aquellos tipos del banco deberían ser
fanáticos del vino de mesa pues no entiendo que estando sobrios me despacharan
alegando que yo era el que había realizado esas compras por internet con una
tarjeta de débito que, dicho sea de paso, aún no había tenido tiempo de
estrenar. Esa tarjeta jamás había salido de mi cartera y puesto que soy
reticente a probar tanto el vino como las drogas, sentí improcedente mirar de
manera acusativa a dicha cartera.
<<No… Definitivamente el robo tuvo que haber sido perpetrado por un ser
humano>>.
Con este
pensamiento, mi señora esposa y yo nos dirigimos a denunciar el atraco en una
de las oficinas de la Policía Nacional. Perdonad… como no soy afecto a los
anonimatos os contaré que dicha oficina se encontraba en la ciudad de Sant
Feliu de Llobregat, en la provincia de Barcelona. Ellos tomaron mi declaración y prontamente se
dispusieron a archivarla en algún sitio en el que nadie, nunca, pudiese encontrarla
jamás. De otro modo no entiendo como cinco años después sigo sin saber
absolutamente nada de un asunto que con sus medios, y dada la naturaleza del
problema, hubiese sido muy fácil solventar.
Despojado de
todo mi dinero, tuve que pedir un adelanto de sueldo a la empresa para la que
trabajaba. Gracias a mi suegro, quien cada mes confiaba una nómina
relativamente alta a la Caixa Penedés,
los directivos de la entidad decidieron que sacarían más beneficios
devolviéndome mi fortuna que perdiendo a un cliente como él. La ironía del
destino fue que al poco tiempo le perdieron de todas formas. Todos le perdimos
puesto que desgraciadamente falleció.
Sobre el asunto
del robo jamás me dieron explicaciones. Nunca supe quién había sustraído mis
ahorros a pesar de que era fácil cotejar los extractos de mi cartilla con los
datos de las empresas en que se habían realizado las compras. Al fin y al cabo
el ladrón tuvo que personarse para recibir los beneficios de sus compras, en
especial los billetes de tren.
En total, mi
esposa y yo estuvimos dos semanas sin disponer de nuestro dinero. Jamás
recibimos del banco una compensación económica por los perjuicios que nos
causaron. Ni una disculpa y, como ya he mencionado, tampoco una explicación. Si
seguimos como clientes de aquella entidad fue porque no creímos (ni creemos)
que las otras fuesen mejores. Allí, al menos, podíamos ejercer el peso de todos
los familiares que constaban como clientes.
Situaciones
similares, aunque menos graves, siguieron sucediéndose. Por hacer una rápida
mención a algunas de ellas os diré que un día el cajero me dispensó un billete
de cincuenta euros falsos. Luego de una extensa discusión y de exponer mis
alegatos, los empleados de la Caixa Penedés tuvieron que concluir que
efectivamente el billete tenía que haber salido de su cajero. ¿Por qué motivo?
Los billetes falsos que ellos reciben son marcados de una forma especial que un
cliente como yo no podía conocer ni por supuesto duplicar. Alguno de los
empleados de la entidad bancaria había tenido que introducir en el cajero dicho
billete.
Otro día le
ingresé a mi hija cincuenta euros en su cartilla personal. Recuerdo claramente
haber metido ese dinero en un sobre alargado que el cajero se tragó
ansiosamente y por el que me dispensó un recibo con el día y la hora de la
transacción. El ingreso, a diferencia de en otras entidades bancarias, no
aparecería reflejado en la cartilla hasta que un empleado de la Caixa Penedés
corroborara que efectivamente yo había hecho el depósito. <<Otra
vez…>> pensé al día siguiente cuando comprobé que no habían confirmado
dicho ingreso. Tampoco lo hicieron al segundo día, ni al tercero, a pesar de
ser todos ellos días laborables. Fue entonces, al tercer día, cuando me levanté
de entre los indignados. Estoy seguro que si hubiese cortado la garganta del
tipo que me atendió en el banco hubiese llenado el suelo de horchata en lugar
de sangre. Menos mal que mi instinto asesino se limita a deshuesar el pollo
para la cena. La única explicación de los lentos movimientos de ese tipejo,
casi ingrávidos, debía ser lo espeso del cual fuere el líquido que se
arrastraba dificultosamente por sus venas. Tres veces me preguntó qué día había
hecho el ingreso hasta que le invité a comprobar por su propia cuenta ese dato en
el recibo que hacía cinco minutos le había extendido. Todo, por supuesto, si el
señor sabía leer. Luego de que me dijera unas tres veces que “No.
Es imposible. ¡Aquí no hay nada!”, y al ver mi cara contracturada de
rabia, decidió callarse y escucharme. Le expliqué que en el recibo constaba un
número que correspondía al sobre en el que yo había hecho el ingreso. Siendo
así solo podía haber pasado una de tres cosas: A) Tenía que aparecer el sobre
referenciado, con mi dinero. B) Debía
aparecer el sobre referenciado, vacío. C) No aparecería el sobre en cuestión.
Dada la primera opción el problema quedaría zanjado rápidamente. De sucederse
la “B” sabríamos que alguien había quitado el dinero del sobre o que yo estaba
intentando timar al banco. La última opción, en cambio, dejaría la
responsabilidad exclusivamente en ellos, puesto que yo tenía un recibo que
aseguraba su ingreso en el cajero. No sé cuál de las opciones encajó finalmente
en la realidad del problema pues a los cinco minutos me devolvieron el dinero
diciendo que se había cometido un “fallo técnico” que no me
especificaron. <<Fallo Técnico… ¿de alto secreto?>> Me despedí del
empleado del banco mientras dudaba si había confiado mi dinero a la Caixa
Penedés o a la CIA.
Podría seguir
contándoos cosas de estas durante otras tres páginas, pero resumiendo se me
ocurren estas: Los días que el cajero no tuvo dinero para dispensarme. La vez
que tuve que dejar un armario, dos sillas de escritorio, un florero, cuatro
marcos de fotos y tres bolsas de popurrí perfumado, en la caja del Ikea porque,
según me explicaron más tarde los fenómenos de la Caixa Penedés, había un error
en la activación de mi nueva tarjeta de débito. Obviamente la anterior, a la
vista de los hechos, la había cancelado hacía tiempo. En todas esas ocasiones,
nunca recibí unas disculpas y mucho menos una remuneración económica en
concepto de interés por el tiempo que estuve sin disponer de mi dinero.
¿Por qué os
cuento todo esto? En breve lo entenderéis. Hace ya un tiempo, en un intento de mejorar la situación
económica de la familia, mi esposa y yo decidimos emprender una aventura en
otro país cuyo nombre no me sonsacaréis. Por cierto: saludos a todos mis
compatriotas argentinos. El caso es que para financiar nuestra aventura tuvimos
que echar mano de algo que jamás habíamos pensado que alguna vez tendríamos:
una tarjeta de crédito. Les resumiré que nuestras andanzas por aquel país no
salieron como esperábamos (Quisiera aprovechar para hacer mención especial al
esfuerzo continuo de tantos banqueros, políticos y pseudo-intelectuales de Argentina afanados
en probar la teoría de la involución. No os durmáis en la carrera pues en
España también tenemos eruditos que nos hacen dar zancadas en este campo).
El caso es que
regresamos a la tierra de mi mujer e hija y alquilamos un modesto piso cerca de
nuestra oficina amiga de la Caixa Penedés. Ya sabéis aquello de “mantén
a tus amigos cerca y a la Caixa Penedés aún más cerca”. En la
actualidad seguimos pagando el precio de la aventura en una cómoda financiación
mensual y con unos intereses que han casi duplicado el precio original de la
correría.
Ahora me encuentro sin trabajo. Mi familia se
sostiene gracias al sueldo que la empresa de trabajo temporal paga a mi mujer
por sus servicios. Por este motivo supimos enseguida que este mes nos
atrasaríamos dos o tres días, lo que tardaran en ingresar la nómina de mi
esposa, en disponer del dinero para pagar la mensualidad de la tarjeta. A sabiendas de ello tuve a
bien acercarme a la oficina bancaria amiga para pedirles encarecidamente que me
atrasasen unos días la fecha de pago. “No se puede”. Me dijo la empleada
nueva. <<Cada vez los buscan más simpáticos y habladores>> Pensé
yo. Le agradecí sus explicaciones,
sonreí y me despedí. <<Diez minutos en la cola y siete segundos en el
mostrador>>
En la fecha
señalada me quedé con la cuenta al descubierto y tres días después el señor
Penedés recuperó su dinero más treinta y cinco euros que se cobró en concepto
de “COM.GEST.DESCOB/IMPG”. Al
principio pensé que me estaban insultando en idioma klingon pero enseguida comprendí que se trataba de una rebuscada
manera de indicar que me estaban multando por los tres días que tardé en pagar
la mensualidad. Puedo imaginar la cara de este señor magnate cuando se levantó
aquella mañana y descubrió que en su cartilla faltaban los doscientos cuarenta
y cinco euros que yo tenía que abonarle. Ese día en lugar de pollo al ast solo comió pa amb tomàquet pero sin tomate ni
aceite. O sea que, de puro precavido, aquel mediodía apenas se metió en el
estómago el pan de oferta que venden en el Mercadona.
Viéndolo así entiendo perfectamente que su entidad me multe por haber tardado
tres días en abonar mi deuda. Lo digo sin ánimo de sarcasmo. Lo que no entiendo
y os pido por favor que me ayudéis a razonar es: ¿Por qué motivo no ha pensado
el señor Penedés en mí cuando me robó el dinero, me quiso colar un billete
falso, me dejó tirado en el Ikea con la compra y las tantas veces que en su
cajero no había suficiente dinero para
abastecer a todos los clientes, entre ellos yo mismo? Sólo el primero de
los problemas que esta entidad me provocó me tuvo aproximadamente un mes sin mi
dinero. ¿Dónde están los intereses que la Caixa Penedés me debe a mí? ¿Os
parece esto justicia? ¿Creéis que sólo se trata de cambiar de banco? Ya he
probado con otros, al tiempo que seguía con la Caixa Penedés, y he tenido inconvenientes
similares. El problema no es que existan los bancos o las cajas de ahorro. Entiendo
que sirven como una forma de organización social que podría ser tan útil como
cualquier otra siempre que su ejercicio esté realmente destinado a mejorar la
calidad de vida de TODOS los ciudadanos. Que las intenciones sean las de beneficiar
a unos pocos a costa de la prosperidad del resto es el auténtico problema. No
podemos dejar que estas entidades hagan lo que les apetezca y mucho menos que
determinen el curso de la vida política y social de los pueblos.
Algunos habréis
notado que me he referido a la Caixa Penedés como un “banco”. Soy consciente de la diferencia entre un banco y una caja
de ahorro (o “caixa de estalvis”, en
catalán). En resumidas cuentas los bancos son entidades que legalmente pueden
hacer uso de sus beneficios como mejor les parezca. Las cajas de ahorro, sin
embargo, son supuestamente entidades
sin ánimo de lucro. Tienen la obligación legal de utilizar el 50% de sus
beneficios en obras sociales. En un principio las cajas de ahorro surgieron
como alternativa para luchar contra la usura. Sin embargo los intereses que
empresas como la Caixa Penedés cobran
por sus préstamos (lo que por supuesto incluye el uso sus tarjetas de crédito)
es igual de obsceno que el de cualquier banco. No considero, entonces, que esta
clase de entidades protejan a la ciudadanía de ninguna usura. Hallo más correcto afirmar que la ejercen y
la promueven. En este sentido me refiero a las cajas de ahorros como bancos.
La práctica de la usura es la que convierte estas entidades en enemigas del
bienestar de los pueblos. Por lo visto tampoco podemos confiar en quienes
deberían regular su ejercicio porque ellos mismos tienen intereses en estas
empresas. De no ser así me pregunto entonces por qué los contratos de
afiliación solo cubren la espalda de los bancos y dejan la mía al descubierto.
¿Por qué debo abonar cuotas de mantenimiento por permitir que mi dinero, lejos
de estar guardado, esté apostado en inversiones de las cuales no percibo ningún
beneficio y sí un riesgo de perjuicio en caso de que el banco quiebre? ¿Por qué
se protege sus intereses por encima de instituciones como la educación y la
sanidad públicas? ¿Por qué la sociedad me obliga a tener cuentas con alguna
entidad bancaria a la hora de cobrar mis nóminas?
Ahora me
pregunto… ¿debieron opinar sobre el tema las personas que, presentes mientras
yo contaba todo esto en la oficina del banco, observaban con una sonrisa en el
rostro? <<No. Imposible… -pensarían- … está ese enano insomne que vive
dentro del cajero, el que estampa los billetes. Ese nunca, jamás, me va a
fallar justamente a mí>> Lo pregunto sinceramente porque quizás lo mejor
sea que cada uno se ocupe de sus propios asuntos. En respuesta a ello se me
viene a la mente, una vez más, aquel poema de Martín Niemöller:
“Primero
vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego
vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego
vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego
vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego
vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada".
Amigos
míos… con vuestro permiso me retiraré al cuarto de ducha a meditar sobre el
asunto mientras me baño. Quizás inspirado por el vaho del agua caliente y el
olor a deposiciones que esporádicamente emana de las cloacas del edificio pueda,
finalmente, entender esta sociedad de mierda que hemos creado los hombres.
DEVUÉLVANME EL CEREBRO
NOTA
FINAL: Hoy he aludido muy brevemente a la situación social de Argentina como
modelo de lo que pueden esperar otros países que lentamente se acercan a una realidad
muy parecida a la del pueblo austral, sino peor. El profundo caos en el que
están sumidas naciones como la mencionada se ha gestado de manera tan
progresiva que es muy difícil apreciarlo en todo su esplendor si no se ha
experimentado jamás otro modelo de vida. El pueblo se acostumbra a vivir con la
inseguridad, la precariedad, la dificultad. De pronto ya no es capaz de ver qué
tanto ha bajado su nivel de vida sencillamente porque no tiene con qué
compararlo. Por este motivo creo
importante que caigamos en la cuenta, de una vez por todas, que poner nuestras
esperanzas en cualquier ideología política no es la solución. Debemos encontrar
la mejor manera de exigir, a quien sea el representante
del pueblo, que tenga la capacidad de mantener una política de estado dedicada
al beneficio de los ciudadanos. Política que debe tener continuidad más allá
del servidor que ocupe la
silla presidencial. El pueblo debe aprender a ganar protagonismo frente a sus
representantes, sean estos del partido político que sean. Estamos perdiendo ese
poder gracias a nuestro egoísmo y abulia. ¿Cómo recuperarlo? Con unión,
esfuerzo y conciencia. Cuidando la espalda de nuestro compañero antes que la
propia. Actuando contra las injusticias, nos afecten o no directamente. Leyendo.
Cultivando nuestras mentes con todo tipo de arte. Empezando a abandonar los
sistemas que promueven la usura. El momento de poner manos a la obra es ahora,
mientras aún quedamos muchos capaces de vislumbrar el problema al margen de la
realidad que nos venden.
Deseo
lo mejor tanto al país que me ha visto nacer como al que me ha acogido. También
al resto de las naciones. Por ello recordad, todos, que ninguno vivimos en el
país de Nunca Jamás y lo que a mí me sucedió podría, el día menos pensado, pasarte
a TÍ.
Agradecimientos:
Sin dudarlo al Tío Sam que ha decidido presentarse voluntario (Qué ironía ¿no?)
para servir a una labor más noble que las asentadas en su expediente.
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Glosario:
Pollo al ast: Pollo al spiedo o pollo asado.
Pa amb tomàquet: Comida típica catalana que consiste en pan untado
con tomate y aceite.
Ikea: Gran superficie, de capital sueco, dedicada al comercio de
muebles y artículos del hogar en general.
Mercadona: Supermercado de origen valenciano (Tavernes Blanques).
Idioma Klingon: Lengua propia del pueblo Klingon en el universo de Star Trek (Viaje a las estrellas).
Idioma Klingon: Lengua propia del pueblo Klingon en el universo de Star Trek (Viaje a las estrellas).
